Cada vez que pagamos el IVA en el supermercado, el impuesto predial de nuestra casa o el impuesto de renta, surge la misma pregunta: ¿a dónde va realmente ese dinero? La respuesta es menos sencilla de lo que parece.
Según Camilo Ignacio González, profesor y director de Investigación de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes, los impuestos son la principal fuente de recursos con la que cuenta el Estado para funcionar, pero no todo ese dinero termina en las mismas manos ni se gasta en las mismas cosas.
Entender cómo funciona este sistema es clave para que los ciudadanos puedan exigirles cuentas a quienes administran lo público.
No todos los impuestos van al mismo lugar
Para el experto, lo primero que hay que saber es que en Colombia existen dos grandes tipos de impuestos según quién los recauda y administra.
Los impuestos nacionales —como el IVA y el impuesto de renta— los recauda la Dian y van al Gobierno Nacional, mientras que los impuestos territoriales —como el predial y el de vehículos— los administran gobernaciones y alcaldías para financiar obras y servicios en cada región.
“Cuando usted paga el predial en Bogotá, ese dinero no llega al Ministerio de Hacienda en Bogotá: se queda en el Distrito para parques, vías locales y hospitales de la ciudad”, dice González, quien agrega que además, de lo recaudado a nivel nacional, una porción importante se transfiere automáticamente a los municipios y departamentos mediante el Sistema General de Participaciones.
“Esto significa que aunque la Dian sea quien cobra el IVA, parte de ese dinero termina financiando las escuelas rurales de Nariño o los acueductos de los municipios más pequeños de Boyacá”, destaca el experto.
Inversión, funcionamiento y deuda
Una vez que el dinero entra al presupuesto —sea nacional o territorial— se divide en tres grandes usos.
El primero es el funcionamiento: pagar los salarios de los médicos en hospitales públicos, los maestros en colegios oficiales, los policías y los empleados de todas las entidades del Estado. Sin este rubro, el gobierno sencillamente no podría operar.
El segundo uso es la inversión: construir carreteras, hospitales, colegios, sistemas de agua potable y alcantarillado. Este es el gasto que más se percibe en el día a día de los ciudadanos y que más debate genera en época electoral.
El tercero —y quizás el menos visible pero el más importante para entender hacia dónde va el dinero— es el servicio de la deuda pública: el pago de los intereses y el capital de los créditos que el gobierno ha contraído.
Aquí está la trampa que muchos no ven: cuando un gobierno se endeuda hoy para gastar más de lo que recauda, lo que en realidad está haciendo es hipotecar los impuestos del futuro. Cada peso adicional que se debe hoy es un peso menos que habrá para hospitales, carreteras o educación mañana.
¿Para qué sirven los impuestos en el fondo?
Más allá de los destinos concretos, los impuestos cumplen tres grandes propósitos en cualquier sociedad. El primero es financiar los bienes públicos: aquellos que benefician a todos y que el mercado por sí solo no proveería de forma adecuada. La seguridad nacional, el alumbrado de las calles o la señalización de las carreteras son ejemplos: nadie los puede excluir de su uso y todos los aprovechamos simultáneamente.
El segundo propósito es redistribuir la riqueza. Los impuestos progresivos —donde quienes ganan más pagan una proporción mayor— permiten financiar programas sociales que llegan a los más vulnerables: subsidios de vivienda, alimentación escolar, transferencias monetarias. Sin este mecanismo, las desigualdades económicas tenderían a ampliarse indefinidamente.
El tercero es cerrar las brechas entre territorios y personas. En un país tan desigual como Colombia, los impuestos son el principal instrumento para que los recursos generados en las grandes ciudades lleguen a los municipios más apartados, donde el mercado privado no tiene incentivos suficientes para invertir. Cuando el sistema funciona bien, un peso recaudado en Bogotá puede terminar construyendo una escuela en el Chocó.
El problema de fondo
Colombia enfrenta dos retos enormes en materia tributaria. El primero es que la carga fiscal recae sobre un número relativamente pequeño de contribuyentes: la informalidad laboral y la evasión hacen que millones de transacciones económicas queden por fuera del radar del fisco. Esto no solo reduce los recursos disponibles para el Estado, sino que genera una sensación de injusticia entre quienes sí pagan.
El segundo reto es que pagar impuestos no garantiza que los servicios lleguen con la calidad que deberían. Escándalos de corrupción, contratación deficiente y burocracia excesiva hacen que una parte significativa de los recursos no se traduzca en bienestar real para los ciudadanos. Como señaló el Decano de Economía de la Universidad del Rosario en Portafolio: muchos colombianos pagan impuestos sin recibir a cambio seguridad, justicia eficiente ni educación pública de calidad.
Los impuestos no son un mal necesario: son el precio que pagamos por vivir en sociedad y por tener un Estado capaz de proteger derechos y garantizar oportunidades.
Para el experto, el verdadero problema no es que existan, sino asegurarnos de que el dinero llegue a donde debe llegar, que se gaste bien y que los gobiernos no hipotequen el futuro endeudándose más allá de lo razonable. Exigir transparencia en el uso de los recursos públicos no es una opción: es una obligación ciudadana.
Fuente:https://www.portafolio.co/economia/impuestos/el-monedero-en-que-se-va-realmente-la-plata-de-los-impuestos-que-pagan-los-colombianos-492250
